viernes, 9 de diciembre de 2011

Mito griego del dios egipcio Teut (Thot)

"Todavía en los escritos de Platón se conserva el procedimiento de Sócrates de exponer ideas en diálogo, porque la verdad no puede poseerse como una tradición sino sólo como un descubrimiento aislado. Esta exposición se anima con los mitos por los que se revela la naturaleza poética de Platón, lo mismo que con las brillantes ironías de muchos de sus diálogos. Los mitos señalan los huecos del sistema, puesto que sólo se introducen cuando el asunto no puede ser tratado con exacta precisión científica" (Eduardo Zeller)

Me contaron que cerca de Naucratis, en Egipto, hubo un dios, uno de los más antiguos del país, el mismo a que está consagrado el pájaro que los egipcios llaman Ibis Este dios se llamab Teut. Se dice que inventó los números, el cálculo, la geometría, la astronomía, así como los juegos del ajedrez y de los dados, y, en fin, la escritura.
                El rey Tamus reinaba entonces en todo aquel país, y habitaba la gran ciudad del alto Egiptp, que los helenos llaman Tebas egipcia, y que está bajo la la protección del dios que ellos llaman Ammon. Teut se presentó al rey y le manifestó las artes que había inventado, y le dijo lo conveniente que era extenderlas entre los egipcios. El rey le preguntó de qué utilidad sería cada una de ellas, y Teut le fue explicando en detalle los usos de cada una; y según que las explicaciones le parecían más o menos satisfactorias, Tamus aprobaba o desaprobaba Dícese que el rey alegó al inventor, en cada uno de los inventos, muchas razones en pro y en contra, que sería largo enumerar. Cuando llegaron a la escritura:

“¡Oh rey! –le dijo Teut– , esta invención hará a los egipcios más sabios y servirá a su memoria; he descubiero un remedio contra la dificultad de aprender y retener. Ingenioso Teut –respondió el rey– el genio que inventa las artes no está en el caso que la sabiduría que aprecia las ventajas y las desventajas que deben resultar de su aplicación. Padre de la escritura y entusiasmado con tu invención, la atribuyes todo lo contrario de sus efectos verdaderos. Ella no producirá sino el olvido en las almas de los que la conozcan, haciéndoles despreciar la memoria; fiados en este auxilio extraño abandonarán a caracteres materiales el cuidado de conservar los recuerdos, cuyo rastro habrá perdido su espíritu Tú no has encontrado un medio de cultivar la memoria, sino de despertar reminiscencias; y das a tus discípulos la sombra de la ciencia y no la ciencia misma. Porque cuando vean que pueden aprender muchas cosas sin maestros, se tendrán ya por sabios, y no serán más que ignorantes, en su mayor parte, y falsos sabios insoportables en el comercio de la vida.”

Sócrates, en el Fedro, Diálogos de Platón

sábado, 3 de diciembre de 2011

Mamá, por qué hablamos...

Siempre tuve predilección por el idioma. No por aprender idiomas, en lo que soy malísimo, sino por entender por qué los seres humanos hablamos y en saber cómo funciona este instrumento. Son cosas que me pregunto desde que tengo uso de razón. A mi esposa le parece increíble que pueda recordar cosas que pasaron hace mucho tiempo en mi vida, ya que siempre le cuento anécdotas de mi infancia muy temprana, como las que me ocurrieron en el kínder, por ejemplo. Claro que muchas de ellas son resultado de oírlas contar a mi mamá una y otra vez; aunque, la última que le pregunté no pudo recordarla con mucha claridad. Yo tampoco recuerdo bien… bueno, lo que no recuerdo es la pregunta que le hice cuando era chico (la cual me encantaría saber), pero lo que sí recuerdo es su respuesta, me dijo: “Bueno, el idioma que hablamos se deriva de uno más antiguo que se llama latín, y del cual salieron otros idiomas como el francés y el italiano.” No recuerdo qué edad tenía pero creo que andaba por los seis o siete años. Ella dice que cree que le pregunté por qué hablamos.
            Muy a su manera, o a su entender, mi mamá siempre trataba de responder a mis preguntas, de las cuales recuerdo mejor las concernientes al lenguaje, que prácticamente son dos, la que ya mencioné y, esta sí la recuerdo perfectamente, la siguiente: le pregunté si existían idiomas en los que una palabra pudiera tener más de un acento. Ella dijo: “Sí (alargando la vocal con entonación ascendente), el maya tiene palabras con más de un acento.” Ignoro si mi mamá estaba entendiendo que yo preguntaba sobre el acento de intensidad, es decir, lo que hace prominente a una sílaba con respecto a otra. Obviamente yo no pensaba en estos términos en aquel entonces, pero sí tenía bien claro que el acento no era la tilde ortográfica sino una sílaba tónica dentro la palabra; incluso, sabía muy bien los tipos de palabra de acuerdo con su acentuación: las palabras agudas que llevan la sílaba tónica en la última sílaba, las graves o llanas que lo llevan en la penúltima sílaba y las esdrújulas en la antepenúltima. De ahí mi interés en saber si podían existir palabras con más de un acento. A la fecha entiendo que el español es una lengua típicamente acentual, en la que el acento de intensidad es contrastivo y que no todas las lenguas funcionan de esa manera. De hecho en el mismo español hay palabras con más de un acento, generalmente dos, uno primario y otro secundario; e incluso puede haber palabras con dos acentos primarios como, por ejemplo, las palabras futbol y beisbol tal como las pronunciamos en México pues comparadas con la pronunciación argentina, por ejemplo, en esa variedad más bien son palabras graves.
            Y qué ocurre con el maya. La respuesta de mi mamá me sorprendió bastante, y es probable que haya sido uno de tantos factores por los cuales decidí aprender ese idioma y más que nada a estudiarlo. Descubrí (no en el sentido científico) que el maya no es un idioma acentual como el español y que sus vocales tienen otros medios de distinción además de éste como son la longitud vocálica, el tono y el grado de vibración de las cuerdas vocales. Aún hoy día tratamos de averiguar cómo funciona el sistema acentual y su relación con los otros rasgos suprasegmentales, en especial con los de longitud y tonalidad. Sin embargo, agradezco mucho a mi mamá por su intención en tratar de resolverme estas dudas de la infancia, pues sus respuestas eran mejores a las clásicas “Búscalo en el diccionario” o “Áistá la enciclopedia” que solía responder mi papá y que del puro coraje ya mejor prefería quedarme con la duda.

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